El testigo silencioso del mar

Place of creation: Tamarit, Catalonia, Spain
Date: 2015
Medium: oil on canvas
Dimensions: 40.5 × 75.5 cm (unframed)

Painted in two plein-air sessions

Un velo de lluvia menuda. Una pintora absorta en su obra, resguardada por la discreta entrega de alguien que permanece fuera de la vista. Una voz exigió saber el precio del cuadro. Otra exclamó, admirada, el nombre de uno de los grandes maestros de la pintura. Mientras tanto, sin que nadie los viera, unos ladrones huían con objetos de valor robados.
Las olas seguían rompiendo contra la orilla.

La historia detrás del cuadro

El cuadro se terminó durante la segunda de dos sesiones de pintura al aire libre en la costa. Un célebre castillo, conocido por innumerables turistas, apenas asoma entre la vegetación que lo rodea.

El viaje comenzó antes del amanecer. A la pintora y a su marido les esperaban más de tres horas de carretera y confiaban en llegar al mar a tiempo para encontrar una luz muy particular.

Poco después de salir de casa, los detuvieron en la frontera del pequeño Estado soberano en el que vivían. Un agente de aduanas les pidió que abrieran el maletero del coche, donde llevaban el cuadro sin terminar.

—¿Valor del cuadro? —exigió.

Explicarle que el lienzo aún estaba inacabado y que habían emprendido aquel largo viaje precisamente para terminarlo resultó bastante más difícil de lo que cabía esperar. El agente parecía incapaz de comprender por qué un cuadro sin terminar tenía que cruzar una frontera, mientras la luz que habían ido a buscar cambiaba a cada minuto que pasaba. Finalmente, les permitieron continuar.

Al llegar a la cala, una fina llovizna persistente envolvía el paisaje. Una ligera corriente de aire obligaba a sujetar el paraguas con firmeza. Mientras la pintora pintaba, su marido permanecía a su lado, protegiendo el lienzo de la lluvia.

Incluso con aquel tiempo, algunos turistas seguían recorriendo los senderos que rodeaban la cala e interrumpían de vez en cuando a la pintora.

Una mujer, al reparar en el cuadro, exclamó de pronto, con voz lo bastante alta como para hacerse oír por encima de las olas:

—¡Rembrandt!

Era un nombre bastante inesperado ante un paisaje marino. Rembrandt había pintado paisajes, desde luego, aunque era sobre todo como retratista como había pasado al imaginario colectivo. Tal vez fuera simplemente el nombre que aquella visitante asociaba más fácilmente con la pintura. Fuera cual fuese el motivo, su proclamación resonó por toda la cala con una seguridad magnífica.

La pintora siguió pintando.

Cuando terminó el trabajo, el matrimonio recogió los materiales de pintura y regresó al coche.

Solo entonces descubrieron que unos ladrones habían roto las ventanillas con una piedra y les habían robado sus objetos de valor. Había cristales rotos por todas partes, hasta el punto de que resultaba difícil incluso abrir las puertas del coche, por no hablar de emprender el largo viaje de vuelta.

Llegó la policía. Una agente, provista de gruesos guantes de protección, fue retirando pacientemente del coche grandes cantidades de cristales rotos. Su compañero observaba en silencio, sin mostrar especial prisa por ayudar.

Más tarde, en comisaría, la misma agente redactó el atestado con idéntica serenidad. Solo después de obtener el documento necesario pudieron emprender el regreso.

Les esperaban más de tres horas de autopista en un coche con las ventanillas rotas, expuestos al aire durante todo el trayecto, y otro paso fronterizo por delante. Esta vez, el atestado policial serviría para explicar el extraordinario estado de su vehículo.

Un agente de aduanas había exigido conocer el valor de un cuadro inacabado. Una desconocida de paso había invocado con absoluta seguridad el nombre de Rembrandt. Y unos ladrones habían demostrado un interés bastante más convencional por los objetos de valor.

Había habido preguntas, declaraciones, cristales rotos y trámites oficiales.

Y por encima de la vegetación costera, el castillo seguía en pie: el testigo silencioso del mar.

Sin embargo, en medio de todo aquello, la pintora había seguido buscando la luz por la que había recorrido tantos kilómetros, mientras su marido, discretamente, había hecho posible que continuara trabajando.

La luz permaneció en el lienzo.

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